Cuando los hados son propicios

Fotografia Luis Azanza

Hay días que para placer de los buenos corredores, todos es propicio.  El recorrido no está masificado. Se han ido las hordas del fin de semana y el cansancio hace mella. Hoy esperan conteniendo la respiración los más entusiastas.

Como lógica consecuencia de una menor afluencia de juerguistas, el suelo no tenía esa patina capaz de desafiar el poder de los antideslizantes, y convierte adoquines y losetas en gigantescas pieles de plátano. Hoy animales y personas pudieron galopar con los pies firmemente aposentados.

Como dioses clásicos, los Victorianos del Río, se han dejado llevar por su destino sin oponer resistencia. Se les supone nobles, veloces y poco dados a distracciones. Si hay que correr se corre bien, rápido, más rápido, volando hasta batir su propio récord: dos minutos, once segundos.

Por eso hemos podido ver carreras muy hermosas. En las que como en esa vieja Edad de Oro, que como todos los recuerdos mitificados tiene más de imaginario que de real, incluso algún corredor de blanco inmaculado, guiaba al morlaco con un periódico primorosamente enrollado. O vestido para luego acudir al trabajo y oliendo a jabón era capaz de tomar una curva perfecta.

En el que dos desconocidos, en el fragor de la batalla, se daban la mano unos instantes, solidarios en la emoción del momento.

Buenos animales, que iban perdonando incluso a quienes se malcruzaban en su trayectoria. Bellos y enormes. Buenos corredores que delante de estas bestias con buen fondo, han podido sentirse más cerca del Olimpo.

Para regresar luego a la realidad de un martes de café y chocolate, de una normalidad que mientras queden Sanfermines se resiste a volver, de sonrisas y encuentros bajo un cielo lleno de nubes.

Fotografía Berta Bernarte

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Fotografía Luis Azanza

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